No tuve nunca un dolor tan grande, decía Montesquieu, que no me lo quitara una hora de lectura. Si comparten ustedes la sentencia del ilustre e ilustrado Montesquieu no duden en hacerse con este estupendo libro, recétenselo si es necesario, pues por poco más de una hora de lectura, que es lo que nos reclama este pequeño volumen titulado La felicidad de los pececillos, no solo olvidarán sus más arraigadas dolencias, si no que recibirán a cambio innumerables horas de felicidad. El libro incluye una recopilación de pequeños ensayos donde Simon Leys, seudónimo de Pierre Rickmans, reflexiona sobre diferentes y variados temas, sobre el arte y la literatura, sobre la experiencia de la verdad y los frutos de la imaginación, sobre el complicado mercado del éxito y la voluptuosidad de la pereza...Un libro escrito en la mejor tradición de los moralistas franceses, del gran Rabelais y de Michel de Montaigne, donde Simon Leys celebra una fiesta de la inteligencia y nos regala un recetario de la más sofisticada ironía.

Autor, entre otros, de textos memorables como Los trajes nuevos del presidente Mao, que tuvo la culpa de tantas crísis de fe y de identidad entre los maoistas franceses de los años setenta ( también hubo entonces algunos hispanomaoistas que abandonaron el triste seminario del iluminado Fu Man Chu de la revolución cultural), Leys es, además de un estupendo escritor, reconocido sinólogo y profesor en diferentes universidades australianas.

La felicidad de los pececillos conjuga excéntricas anécdotas con historias inverosímiles de las que el autor sale siempre con ese aspecto desaliñado y elegante de las personas que saben que nos han tocado, que nos han hecho pensar y disfrutar. Las viejas historias del maestro taoista Zhuang Zi, los singulares mareos de Conrad, el hábito sublime del tabaco, la complicada relación de los escritores con el dinero, las heróicas micciones de Sartre sobre la tumba deChateaubriand, o las patéticas declaraciones dePancho Villa en la hora de su muerte, son algunos de los argumentos que despliega Leys para tejer la tela de su admirable sabiduría y de su fina sensibilidad.

Uno de esos escritores que todavía creen en la bondad del papel para contar las cosas que son importantes y, tan buenos, que no necesitan un blog para explicarnos su obra en el twitter. Lo dejó dicho el viejo Homero, amigos, los dioses existen, pero no se aparecen a todos. No dejen de disfrutar de este maravilloso libro.


Martín de Babel

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